
Todo el sector vende lo mismo: lo recuperamos todo. Es un mensaje comercialmente irresistible y técnicamente falso. Después de un incendio hay materiales que no vuelven, y fingir lo contrario tiene dos consecuencias muy caras para el cliente: se invierten horas en tratar algo que acabará sustituyéndose de todos modos, y esa sustitución queda fuera del informe pericial, de modo que la paga el propietario de su bolsillo. Decir a tiempo lo que no se salva es una de las partes más útiles de nuestro trabajo, aunque reduzca la factura.
Materiales porosos y absorbentes
Las espumas de tapicería y de colchón son el ejemplo más claro. Su estructura celular abierta actúa como una esponja para las partículas y los compuestos volátiles, y ningún tratamiento de superficie alcanza el interior. Un sofá cuya espuma ha respirado humo durante horas puede quedar impecable a la vista y seguir emitiendo olor durante años. Lo mismo ocurre con aislamientos térmicos y acústicos, con moquetas de fondo textil y con paneles de fibra. Cuando el residuo ha penetrado, la decisión honesta es reponer.
Placa de yeso empapada
El pladur y los falsos techos que han recibido agua de extinción no se secan y ya está. El yeso pierde cohesión, la lámina de cartón se despega y, sobre todo, retiene tanto la humedad como el residuo que llegó con ella, con el riesgo añadido de desarrollo de moho dentro del trasdós. Puede parecer aceptable durante semanas y fallar después, cuando ya se ha pintado encima. Lo mismo aplica al aislamiento que hay detrás, que casi nunca se revisa y que suele estar peor que la propia placa.
Electrónica expuesta a residuos clorados
Es la partida donde más dinero se pierde por optimismo. Un equipo puede encender perfectamente el día después del incendio y estar sentenciado: el depósito ácido sobre las placas absorbe humedad y corroe pistas y contactos durante semanas. Hay equipos que se estabilizan con éxito, sobre todo si se actúa pronto y el depósito es leve, pero cuando la exposición ha sido intensa o el valor del aparato no justifica el tratamiento, lo razonable es inventariarlo como reposición desde el primer informe, y no cuando falle.
Alimentos, medicamentos y cosmética
Todo lo que ha estado en el ambiente del incendio se descarta, incluido lo que estaba dentro de armarios cerrados y lo que aparentemente está precintado. Los envases plásticos y los tapones no son barreras fiables frente a compuestos volátiles, y el frigorífico apagado durante la extinción añade su propio problema. No es una recomendación de prudencia excesiva: es la práctica estándar, y conviene fotografiarlo e inventariarlo antes de tirarlo, porque suele ser una partida indemnizable de importe nada despreciable.
Textiles con residuo graso incrustado
Los tejidos merecen una valoración caso por caso. El residuo seco sale bien de la mayoría de las prendas con procesos adecuados. El graso proteínico, en cambio, se fija en la fibra y con frecuencia resiste varios ciclos, y cuando la prenda es delicada, tiene relleno o incorpora capas técnicas, el resultado deja de ser previsible. Aquí la regla práctica es: tratar lo que tiene valor de uso o sentimental, y reponer lo demás sin invertir en procesos que costarán más que la prenda.
Cómo se documenta lo irrecuperable
No basta con escribir «perdido». Un informe útil identifica el elemento, indica su ubicación, describe el tipo de residuo al que ha estado expuesto y durante cuánto tiempo, aporta fotografía y explica el criterio técnico por el que se descarta el tratamiento. Cuando existe una prueba objetiva —un test que confirma la presencia de cloruros, una medición, el resultado de un intento controlado de limpieza— se adjunta. Ese nivel de detalle es lo que permite al perito valorar sin discusión y lo que evita que la partida se caiga del expediente.
Por qué esto beneficia al cliente y no a nosotros
Conviene decirlo con franqueza: cada elemento que declaramos irrecuperable es trabajo que no facturamos. La razón por la que lo hacemos igualmente es que el modelo alternativo es insostenible. Tratar lo intratable significa cobrar unas horas y quedar mal cuando el olor vuelva; declararlo a tiempo significa que el cliente lo repone con cargo a su póliza y conserva la confianza. En un sector donde casi todo el mundo promete lo mismo, la lista de lo que no se salva es el documento que más nos distingue.
La conversación difícil, cuanto antes mejor
Nadie quiere oír que su sofá, su colchón o su equipo no vuelven. Pero esa conversación duele mucho menos el segundo día, cuando aún se puede incluir en el parte, que dos meses después, cuando el expediente está cerrado y el gasto ya no lo cubre nadie. Nuestra obligación es tenerla pronto, con datos encima de la mesa y sin dramatismo: esto se trata, esto se trata con reservas y esto se repone. A partir de ahí, cada uno decide con información real.